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viernes, 22 de enero de 2010

Mi primer premio y algo más

Esta tarde se me ocurrió decir por Twitter que tenía entre mis manos mi primer cuento con el que había ganado un concurso literario en mi vida, y más de uno pidió que lo publicara.
Tened en cuenta que estaba en primero de Primaria, tenía 7 años y lo he copiado íntegro (es decir, con los fallos gramaticales y de puntuación incluídos). Que conste en acta que está aquí por petición del público (y porque estos días, tengo más bien pocas ideas para publicar, vale, eso también)

Blanquito el cervatillo

Alicia era una niña rubia y muy bondadosa. Todos los días iba al Bosque de los Pinos donde había unas suculentas moras que le encantaba comer.

Cierto día encontró un cervatillo herido en una pata y se lo llevo a su casa, donde le curó y limpió la herida.

Mientras tanto, el cervatillo se quedó en el establo de la casa de Alicia encima de un montón de heno como cama y junto a otros animales.

Allí se hizo amigo de algunos animales como Paloma (la vaca), Estrella (la yegua), Margarita (la burra) y el perro Curro que algunas veces salía de la casa y se iba al establo a ver a Blanquito que así se llamaba el cervatillo, porque tenía unas manchas blancas en el lomo.

Un día Blanquito se escapó y se fue con Curro por el pueblo, al poco rato unos niños vieron a Blanquito y se pusieron a jugar con él y con Curro. Cuando los niños se fueron, Curro y Blanquito hicieron lo mismo, al llegar a la casa los otros animales los estaban esperando, ni Alicia ni sus padres se enteraron de que los dos animales se habían ido de la casa.

Como Blanquito era pequeño y estaba muy cansado nada más llegar al establo se tiró en el heno y se quedó profundamente dormido.

Al día siguiente Alicia le cambió la venda y volvió a curarle la herida.

Ese mismo día llegó un nuevo animal: Lanita, una oveja pequeñita que se hizo amiga de Blanquito.

Un día hubo un incendio en el y todos los animales salieron de él, pero no pasó nada porque el padre de Alicia lo apago enseguida, sólo se quemó algo de heno y la puerta del establo.

Como la casa tenía dos establos y uno estaba vacío metieron allí a los animales. A los pocos días el establo estaba arreglado y los animales volvieron a él.

Blanquito se estaba haciendo mayor y ya se le notaban los cuernos. Cuando Alicia lo vio dijo: -¡Pero si ya te están saliendo los cuernos! También Lanita se había hecho grande.

Cuando pasó un tiempo a Blanquito se le estaba curando la pata y se volvió a escapar, pero esta vez con Paloma.

Como oscureció, Paloma y Blanquito no habían llegado, Alicia y su madre fueron a por ellos y no los encontraron porque se habían ido al bosque.

Al día siguiente volvieron, Alicia y su madre se pusieron muy contentas porque estaban muy preocupadas.

Un día Blanquito vio un pájaro (Tito) y se hizo amigo de él, pero sólo lo vio dos días porque al tercer día cuando se levantó se había ido y se puso muy triste porque era muy amigo de Tito.

Como empezó el colegio Alicia iba a él, y Blanquito y Curro la acompañaban. Un día la señorita les dijo a los niños: -Traed uno o dos animales para un trabajo-, y Alicia llevó a Curro y a Blanquito y como llevó dos animales le pusieron un diez.

A Blanquito se le había curado la pata y Alicia lo fue a llevar al bosque, le costó mucho despedirse de él porque se había hecho muy amiga de Blanquito.

Pero… ¡Vaya sorpresa que se llevó Blanquito! Era Tito, el pájaro, con una hembra pájaro llamada Tita.

Blanquito siguió por el limpio camino del Bosque de los Pinos y se encontró con sus padres.

Al poco rato Blanquito vio una cierva guapísima, era Pintitas. No mucho tiempo después Blanquito se casó con Pintitas y tuvieron tres preciosos cervatillos: Pintas, Blanquin y Tito.

Pintas se llamaba así porque era igual que su madre, Blanquin porque era igual que su padre y Tito porque se parecía a un pájaro.

Blanquito conoció a unos cuantos amigos: Flor (la liebre), Negrín (el conejo) y Olorosa (la mofeta)

Tiempo después sus amigos tuvieron crías: Flor y Negrín tuvieron dos cachorros (una liebre y un conejo), Olorosa tuvo dos mofetitas y Tito y Tita dos pajarillos.

Como todos habían tenido crías organizaron una fiesta e hicieron un bautizo por cada cría.

Las crías de Olorosa y Olor se movieron bruscamente cuando el búho les echó en la cabeza el agua.

Las crías crecieron y se hicieron amigos y un día Olorosa y Olor, Blanquito y Pintitas se encontraron a sus crías jugando, revolcándose por el suelo, saltando…

Y así las crías fueron creciendo y haciéndose más amigos.

Cuando las crías se hicieron adultas se casaron y tuvieron unas crías tan guapas como ellos cuando también fueron crías. También sus crías se hicieron amigos y todos acabaron siendo felices.

Blanquito era feliz porque gracias a su amiga Alicia que le recogió del bosque y le había curado la herida y dado cobijo, él era feliz y todos compartían su felicidad.

FIN



_____________
Mañana os enviaré ondas positivas mientras estudio Farma. Prometo chivaros alguna pregunta en la distancia...pero sé que tampoco lo necesitaréis mucho. Vais a bordarlo.
Muchísima suerte a todos, todos, todos, todos, y a los que no tienen blog, también. Estoy esperando ese post (estado de Facebook, etc) que cuente lo bien que os ha salido y la pedazo de celebración posterior, Os lo merecéis. (Y es que mañana es el día M)

martes, 15 de diciembre de 2009

Relatividad y ansiolíticos (un año, un post)


De Nochevieja a Nochevieja y tiro porque me toca.
Doce meses in crescendo sin parar de jugar.
La relación espacio tiempo es relativa y bastante dudosa. Meses de exámenes que pasan en un suspiro. Aterrizo a Londres en poco más de 140 minutos. Seis horas en tren para llegar a Oviedo. Y una eternidad esperando que un pequeño arrugado saliera de paritorio.
Ahora mi móvil no tiene memoria, tiene un álbum: Ivan dormido, Ivan jugando. Ivan es guapo hasta cuando vomita. Guapísimo si estás a más de mil kilómetros y el móvil avisa de que ha llegado una foto nueva.
Porque la República Checa es bonita, pero también hostil hasta que se decide a darte la mano. Y la barrera del idioma lo complica todo y parece que una y otra vez vuelves a la casilla de salida. Todo es nuevo y desconocido. Y en el supermercado ningún producto tiene dibujos, pero todo huele a ahumado, que se graba en la pituitaria sin solución.
Eso sí, hay algo claro: el agua neperliva, siempre sin gas. Para todos, que parecemos una delegación de las Naciones Unidas, aunque más guapos y sin traje. Una española, un brasileño, una saudí (y veinte más). Como en los chistes, pero sin serlo. Será que el mundo no es tan grande.
Es que todo es relativo.
Recorrer casi por azar pueblos de cuento y lugares de pesadilla. Tirar los dados buscando la siguiente parada. Sólo el azar puede decidir, como cuando estás frente a una vitrina llena de helados con una pinta cojonuda y al final eliges limón y cereza al pito pito gorgorito, aunque nunca te ha gustado demasiado el limón.
Entre trenes, mi primer contacto directo con las consecuencias del nazismo.
Y escapadas a Alemania, que siempre olerá a amor furtivo, a cerveza, a carreras por el metro. Y a limón. A no poder parar y no querer hacerlo.
Verano sin playa porque caí en la cárcel. También los llaman examenes de Septiembre.
Y otra vez, entre clases pierdo turno y de repente llega Diciembre con ansiolíticos y antipsicóticos sin que nadie le haya llamado.
Estas serán mis primeras Navidades, y espero que las últimas, estudiando Farmacología.

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jueves, 20 de agosto de 2009

Sushi

Últimamente tengo un sueño recurrente. Casi todos los días, no importa si voy a la playa, a Madrid o a Marte (como parte de las ensoñaciones, se entiende) aparece un mismo elemento:
Sushi.
Kilos, toneladas de sushi por todas partes. Buffet libre con tantas variedades como pueda imaginar. Makis, sashimi, niguiri, tekamaki y rolls.
Y como, disfrutando cada bocado hasta ponerme como un auténtico cerdo.

Es todo un ritual. Colocar en un plato la selección, cuanto mayor sea, mejor. Dirigirme a la mesa y servir un poco de salsa de soja en el platillo. Añadir wasabi (mucho, demasiado para cualquier otra persona) y mezclar con el palillo.

Y por fin, sujetar hábilmente los palillos de marfil y empezar a comer. Mojados en la salsa, de dos bocados aunque la tradición japonesa aconseje hacerlo sólo de uno.
Mastico lentamente y saboreo la intensidad del pescado crudo, el sabor marino del alga o suave del aguacate. Voy dando tragos a la cerveza mientras las piezas van terminándose.

Y entonces, me suelo despertar, casi notando aún los últimos granos de arroz bajo la lengua.

Cuando empezaron los temblores y mi médico aceptó que el dolor de espalda y el cansancio del que me quejaba no eran historias para pedir la baja, lo último que se me habría ocurrido es que echaría de menos la comida japonesa.
Y eso que en el momento que a mi mujer la palabra Parkinson se le quedó grande ante la perspectiva de años de cuidados (y no la culpo, el amor chocó con todo lo demás) me dí de bruces contra el suelo, sin previo aviso.

40 años y pronto dependería de mi familia para todo lo básico. Y ¡Qué coño! Enfermo, podía olvidarme de tener vida sentimental, y del sexo ya, para que hablar. Y es que me explicaron todo el rollo del tratamiento, la L-Dopa, y el avance de la enfermedad y los increíbles últimos descubrimientos a grandes rasgos. Pero nadie me dijo si se me seguiría levantando, o si las pastillas terminarían incluso con el deseo.

Poco a poco fui asimilando la situación. La dificultad para tragar, los movimientos lentos y los síntomas repentinos si la medicación se desajustaba. Se podría decir que me adapté (bueno, más bien me ayudaron a adaptarme) aparentemente bien a lo que había, y es que las ganas de no ser una carga me movían, y aunque me sintiera hecho mierda, lo último que me apetecía era terminar encerrado en casa, dependiendo de mi madre. No acepté, pero me resigné.

Un día, cuando salía del fisio, conocí a Cristina. La llevaba viendo casi a diario desde hacía meses, porque acompañaba a su hermano, que tiene parálisis cerebral desde que a los 6 años, cayó a una piscina. Pero nunca habíamos hablado hasta entonces.

Creo que Cristina es una de las personas más estúpidas que he conocido, y ella lo sabe, aunque se empeña en que el estúpido soy yo.
Llevamos juntos algo más de un año, y estamos pensando en irnos a vivir juntos.
Sí, las cosas me van bien. Y desde que me colocaron el implante, los síntomas han mejorado bastante así que he vuelto a trabajar a tiempo parcial en un periódico local.
No me puedo quejar.

Pero sujetar bien los palillos es algo que se me sigue resistiendo…
__________________________________
Hoy he buscado en el baul de los recuerdos..

Cosillas que contaros:
1. Hoy es mi segundo aniversario. No tengo nada en mi correo, pero si queréis enviar alguna cosa, aún estáis a tiempo :P
2. He llegado a la conclusión de que ya sé cual es mi vocación: redactora de guías de viajes. ¿Alguien sabe qué coño hay que hacer para eso?
3.Después de dar tanto la vara mi portátil funciona así que...de momento tiro con él que el dinero me viene muy bien.
4. Tengo dos votos en el concurso 20 Blogs :) estoy feliz (y mira que son pocos, pero hace ilusión xD) Si alguien más se anima: votar aquí

sábado, 2 de mayo de 2009

Querría tener pene

Querría tener pene.

(Música recomendada durante la lectura)



Sí, así de simple.
Hoy en día, y pese a quien le pese, hombres y mujeres podemos ser iguales en todo.
Bueno…en casi todo.
Y es precisamente lo único en lo que no podemos ser iguales lo que me gustaría tener.

Un pene, una polla, un rabo. Un buen trabuco.
Y no, no me vale con que me lo dejen para jugar…quiero uno mío. Sólo mío. Y pegado a mí.

Que nadie se piense que soy transexual…para nada. Estoy muy contenta con mi condición de mujer. Con mis pechos, con mi cuerpo. Con mi todo.

Pero…¿Qué le vamos a hacer? Siempre he sido muy curiosa y un tanto caprichosa.
Así es la vida.
De pequeña quería tener hermanos y ahora que sé que es imposible, quiero tener pene.
Aunque tampoco es que conseguirlo sea la tarea más fácil del mundo.

En serio ¿Ninguna chica que esté leyendo esto ahora ha tenido alguna vez la curiosidad de cómo será tener polla?

Ya ya, lo sé. Supongo que es algo que no se puede describir…

Yo tampoco sabría como explicar la sensación que tengo por tener vagina.
Y es que no sabemos apreciar lo que tenemos…

martes, 31 de marzo de 2009

Perros y gatos

Un día, decidí comprarme un perro. Es el mejor amigo del hombre ¿No? Si las personas que conocía me habían fallado, él no lo haría. Eso dicen los anuncios.
Decidí que le enseñaría a entenderme, a traerme las zapatillas, a escuchar mis historias. Los perros te dan pronto su cariño, así que en seguida me siguió, a los pies del sofá, al borde de la cama, a comprar el pan.
Él sujetaba su correa, abría el grifo si tenía sed y sólo pedía comida y necesitaba algo de atención.
Pero un día decidí comprarme un gato, y es que me aburría tanta fidelidad. Pronto empezó a ignorarme, independiente como dictan los cánones.
Y cuando volví a buscar al perro, en el sofá, en la cama, junto al grifo, no pude encontrarlo. El comedero vacío y una mierda reseca me hicieron ver que hacía tiempo que se había ido. Y no parecía tener intención de volver.
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Un día más, simplemente me apetecía escribir...que os sugiere??
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Podéis apuntaros al sorteo hasta el viernes a las tres de la tarde...que no habría previsto que estaré liada estos días ;)

lunes, 16 de febrero de 2009

Si me tocas podrías quemarte

Si me tocas podrías quemarte

(Aquí está)

Si me tocas podrías quemarte. Hay muchas cosas de mí que no sabes.

Me gusta dormir desnuda y que las sábanas, y con suerte otro cuerpo, acaricien mi piel. Aunque suelo conformarme con abrazar a la almohada.

Adoro despertar con un beso en los labios siempre que:


  1. No esté soñando algo agradable.

  2. Haya dormido lo suficiente.


En el caso contrario, puedes correr si no quieres encontrar una fiera.


Me encanta desayunar croissants a la plancha, con mucha mantequilla y acompañados de un zumo de naranja, si es posible, recién exprimido. No me importa que pueda engordar o taponar mis arterias. Un croissant nunca me dará remordimientos. El chocolate tampoco. Con el resto de la comida, mantengo una relación incierta, y a veces demasiado insana. Mi apetito fluctúa continuamente y solo se salva de su influencia una buena tortilla de patata. Con o sin cebolla, pero poco hecha.


Los conciertos me dan la vida, y una sobrecarga de energía el día después. Como el sexo.

Hablando de sexo, creo que no tengo barreras ni límites. O aún no los he encontrado. Si me preguntaran por mi mayor vicio, sin duda sería ese. Tus ojos, cuando estás a punto de correrte, son una adicción que le sigue muy de cerca pero están tan encadenados como la heroína y la jeringuilla.

No tengo miedo a la soledad ni a la muerte. Y tampoco a las alturas, los reptiles o los aviones. Pero a veces temo a los camiones, y a mis propios pensamientos.

En el futuro quiero ser médica, cooperante y escritora, sin que tenga que ser necesariamente en ese orden o simultáneamente.

Todo ello me atrae y asusta a partes iguales.

Igual que los niños. Me jode admitir que quiero tener una familia y me acojonan las responsabilidades.


Soy demasiado soñadora, paranoica y más egocéntrica de lo socialmente aceptable.

Si puedo elegir, prefiero tener la última palabra, responder a los te quiero y ser yo quien abre el buzón.

Pierdo con facilidad las cosas y normalmente vuelvo a encontrarlas casi igual de rápido. Soy un desastre, pero mantengo una lógica aplastante dentro de mi caos.

Uso una talla 6-7 de guantes y es la única que me sé, y que permanece invariable.

Nunca me ha gustado la moda pero últimamente le presto bastante atención. Paradójicamente el cambio coincide con bastante desinterés por mi aspecto exterior. Pero reconozco que me gusta que se fijen en mí y en mi estilo.


No puedo dormir si las sábanas no están enganchadas perfectamente bajo el colchón y el insomnio me visita con regularidad.


Debo admitir que la regularidad es algo que me gusta. En ocasiones, me encanta. Es más, soy reacia a los cambios que no he buscado y una pequeña irregularidad me exaspera.

También me pone muy nerviosa que alguien se rasque en mi presencia. Me da dentera y tengo que apretar fuerte los puños (y es que es eso, o gritar).

No soy violenta, pero tengo la mano muy larga y si no la controlo, se me escapan collejas o bofetones.

Desde muy pequeña, de vez en cuando y generalmente sin motivo, me da por ponerme triste y llorar.

La verdad es que paso del amor al odio y de la alegría extrema al llanto bastante a menudo, aunque soy consciente de que el cambio no tiene mucho sentido, la tristeza no es menor por eso.


Y te quiero, como he querido a poca gente en mi vida.


Según mi Psiquiatra, tengo Trastorno límite de la personalidad, aderezado con indicios de Trastorno Obsesivo Compulsivo, como en una bonita ensalada diagnóstica.

Ya sabes por qué creen que soy fuego.

Ahora solo queda saber si te atreves a arriesgarte a quemarte.


sábado, 27 de diciembre de 2008

Historias...

Con sólo una mirada, cualquiera se daba cuenta de que la suya era la cara más blanca con las mejillas más rojas del grupo. Y, pese a los esfuerzos de la profesora, ella también lucía el chupete más grande en esa clase de Primero de Infantil, rompiendo la imagen de casi perfecta muñequita de porcelana.
Al fin y al cabo, como tal cuidaban a la pequeña de la casa tras un complicado divorcio.

Los estudios no llamaron demasiado su atención, y las discusiones constantes con las monjas ayudaron a pasar del desinterés al asco. Pocos años después sin apenas transición, cambió el chupete por las pollas. Cuestión de llevarse algo a la boca, murmuraban cuando relataba sus aventuras mientras se retocaba el maquillaje en el servicio a la hora del recreo.

Dejó el colegio y tras holas, adioses, no supe más de ella hasta que, maravillas de las pequeñas ciudades, alguien le contó a alguien que alguien le había contado que el primo de su vecino sabía que en los servicios más sucios de los bares se dedicaba a las transacciones.
Una mamada, una raya de coca.
Trueque fijo.

No está bien fiarse de las malas lenguas, pero hace ya muchas madrugadas, una mirada perdida enmarcada por ojeras me saludó, y de esa porcelana, ya rota, no pude encontrar apenas nada.
_________________________________________
Hoy, no sé muy bien por qué, solo me apetecía escribir. Fruto de la apatía de las vacaciones supongo.
(os sorprende que no os recuerde que me voteis? ahora tengo un bonito botón rojo a la izquierda que lo repite por mí :P)

lunes, 26 de noviembre de 2007

Se levantó con ánimo y...

comenzó a trazar mentalmente la línea que le llevaría a aquel lugar.
Realmente no necesitaba prestarle mucha atención al asunto… se podría decir que sabía el camino de memoria, porque de hecho, lo había recorrido al menos dos veces al día durante todas las jornadas laborables de los últimos dos años.
Pero aún así, le gustaba poner un toque de novedad a cada día.
Si no, acabaría tan muerto como sus compañeros de trabajo.
De momento, ya tenía el mismo olor, consecuencias de ser el profesor adjunto de Anatomía en una de las Universidades más prestigiosas del país… todo en su vida olía a formol. Ya no había olor a rosas, ni bistec con sabor a bistec, ni siquiera conseguía distinguir el aroma a café que siempre adoró del de su ropa…perfumada con formol por supuesto.

Comentan que su vida es aburrida. Siempre fue un estudiante modelo. Terminada la carrera, quiso dedicarse a la docencia, y no tardó en obtener una plaza, aunque ésta esté considerada como un escalón por debajo del puesto de esclavo, lo que se podría traducir como un sueldo ínfimo por infinitas horas de trabajo.

De ahí la necesidad de evadirse y buscar un poquito de vida, de inventar mil historias y abstraerse en ellas, lo que contribuye a su aspecto de persona despistada y lejana. Y sobre todo, solitaria.

Lo cierto es que después de tanto tiempo escribiendo, con kilos de manuscritos en el trastero, le apetece ser el protagonista, no olvidando su puesto de poder, de elemento controlador. De pequeño dios.

Se duchó, desayunó y terminó de arreglarse mientras seguía repasando cada parte del plan.
En menos de una hora crearía su propio modelo anatómico, sin piel acartonada y pálida, sin olores incómodos ni molestos coágulos. Real y fiel.
Crearía también una pequeña leyenda, sería un mito en la Facultad, o quizá, con suerte, en la historia macabra de España.
Y haría de algún chico simple y perdido entre la masa un pequeño héroe-víctima-fantasma conocido en los siglos siguientes... un irónico privilegio, sin duda.

Entonces todo quedó reducido a una palabra: quién.

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